Los beneficios de la edad

    Un colega, médico, recibió en su consulta a una señora de 90 años de edad, con buena salud pero un poco deprimida debido a su soledad y el facultativo le recetó para combatir su estado, un perro pequeño y juguetón a lo que la señora rehusó, diciéndole: 
    ¿Qué hará cuando yo muera?

    Este es uno de los mayores problemas de la relación humano-animal; la diferente longevidad de uno puede dejar al otro vacío y desconcertado.

    Las personas de más de 65 años han pasado en treinta años del 10 al 15% de la población. Las de 80 se han duplicado y las de 100 años se han multiplicado por diez. No es raro que actualmente, una mujer sobreviva a su hijo mayor. También la esperanza de vida de nuestros animales de compañía ha aumentado significativamente en los últimos años gracias a los progresos realizados en medicina veterinaria, a la mejora de la higiene en general y a una mejor alimentación. Por tanto, tampoco es extraño que una mascota sobreviva al más anciano de la familia.

    En una pareja que lleva mucho tiempo junta, cada uno influye sobre el otro en el ritmo, estilo de vida y en los hábitos alimentarios. Muchas veces pasa lo mismo entre el perro y su dueño. Para éste, su mascota es un compañero con el cual nunca hay disputas (si exceptuamos la fase de cachorro), todas y cada una de las tareas: alimentación, cepillado, juegos, paseos… hacen de él la pareja ideal, el interlocutor de los silencios. A veces hay tanta complicidad, que el perro acaba por parecerse a su dueño en costumbres y modo de vida.

    En esta relación hay sin duda un beneficio psicológico. No olvidemos que actualmente, son muchas las residencias de ancianos que emplean a perros y gatos en programas de rehabilitación psicológica; ayudan a reducir a los ancianos del aislamiento al hacerles sentir útiles, importantes, volviendo a encontrar el sentido de la responsabilidad que tenían con los suyos y en definitiva, recuperan autoestima. El animal se convierte en su pareja, su amigo que le ayuda en sus relaciones sociales y en salir del letargo y depresión en los que muchos ancianos están sumidos, especialmente cuando viven en asilos apartados de sus seres queridos.

    Tampoco debemos olvidar los beneficios físicos. El perro empuja veces al dueño al exterior, fuera del domicilio, lo que se traduce en ejercicio saludable para ambos, más aún, a determinadas edades en las que los problema vasculares y articulares son frecuentas.

    Si todo esto nos lo planteamos seriamente, en estas condiciones, ¿por qué no recetar un perro?, de su mantenimiento podría, al menos en parte, encargarse la Seguridad Social en la medida en que, gracias a él, el consumo de neurolépticos y otros medicamentos se reducirían e incrementaría la calidad de vida de nuestros mayores y también de muchos jóvenes. Es un planteamiento.